Érase una vez, en un pueblo soleado, un joven pastor llamado Timmy. Todos los días, Timmy cuidaba de un rebaño de ovejas esponjosas en una colina verde. Le encantaba su trabajo, viendo a las ovejas masticar hierba y jugar bajo el cálido sol. Pero a veces, Timmy se sentía aburrido y deseaba que algo emocionante sucediera. Se sentaba en una gran roca, soñando con aventuras, mientras sus ovejas pastaban pacíficamente a su alrededor.
Un día, sintiéndose travieso, Timmy pensó en una broma divertida. Saltó y gritó: "¡Ayuda! ¡Ayuda! ¡Viene un lobo!" Los aldeanos oyeron sus gritos y corrieron colina arriba, preocupados por las ovejas. Pero cuando llegaron, encontraron a Timmy riendo. "¡No hay lobo! ¡Solo estaba bromeando!" Los aldeanos no se divirtieron. Sacudieron la cabeza y regresaron a casa, murmurando sobre el niño tonto.
Unos días después, Timmy se sintió aburrido otra vez. Así que decidió hacer la misma broma. Gritó: "¡Lobo! ¡Lobo! ¡Ayuda!" Los aldeanos, ahora enojados, se apresuraron colina arriba una vez más. Cuando lo alcanzaron, encontraron a Timmy riéndose de nuevo. "¡No hay lobo! ¡Solo bromeaba!" Esta vez, los aldeanos lo regañaron. "¡Debes dejar de mentir, Timmy!" le advirtieron. Regresaron a sus casas, sacudiendo la cabeza con decepción.
Entonces, una soleada tarde, mientras Timmy estaba sentado en su roca, ¡apareció un verdadero lobo! Se acercó sigilosamente a las ovejas, hambriento y astuto. Timmy estaba aterrorizado y gritó: "¡Lobo! ¡Lobo! ¡Por favor, ayúdenme!" Pero los aldeanos, recordando sus mentiras, no le creyeron. Se quedaron en sus casas, pensando que era otra broma. El lobo persiguió a las ovejas, y Timmy aprendió una dura lección ese día. Desde entonces, entendió: "Nadie cree a un mentiroso, incluso cuando dice la verdad."
