Luna era una pequeña coneja blanca con las orejas más suaves de todo el Bosque Susurrante. Vivía en un acogedor agujero bajo un viejo roble, donde pasaba sus días mordisqueando trébol y observando las nubes pasar. Pero Luna tenía un secreto. Tenía miedo de casi todo: el susurro de las hojas, el ulular de los búhos y, especialmente, las sombras oscuras que danzaban entre los árboles por la noche. Una tarde de otoño, mientras Luna se acomodaba en su agujero, escuchó al sabio búho anciano, Oliver, llamando urgentemente desde su posadero. "¡Se acerca una gran tormenta!" ululó. "¡La tormenta más grande en cien años! ¡Todos deben encontrar refugio!"
El corazón de Luna latía rápido. Muchos de sus amigos del bosque vivían al otro lado del prado: la familia de erizos, la familia de ratones y el viejo abuelo tortuga. ¡Puede que no oyeran la advertencia de Oliver a tiempo! "Alguien debe avisarles," susurró Luna para sí misma. Miró hacia el cielo oscurecido, su pequeño nariz temblando de miedo. Pero luego pensó en sus amigos, y algo cálido y valiente comenzó a crecer dentro de su corazón. Luna tomó una respiración profunda y saltó fuera de su madriguera. El viento ya comenzaba a levantarse, haciendo que las hojas giraran por el aire. Sus orejas se aplanaron contra su cabeza, pero siguió adelante.
Primero, encontró a la familia de erizos recolectando bayas. "¡Rápido! ¡Se acerca una tormenta!" gritó Luna. Los erizos le agradecieron y se apresuraron a su madriguera. Luego, Luna vio a la familia de ratones. Los ratoncitos estaban jugando cerca del arroyo, sin darse cuenta del peligro que se acercaba. "¡Apresúrense a casa!" les instó Luna. "¡Busquen refugio antes de que llegue la tormenta!" Finalmente, Luna llegó al abuelo tortuga, que avanzaba lentamente por el prado. "Déjame ayudarte," dijo Luna, quedándose a su lado mientras se dirigían hacia un tronco hueco.
Justo cuando llegaron a un lugar seguro, la tormenta llegó con un tremendo CRASH de trueno. La lluvia caía a cántaros, y los relámpagos iluminaban el cielo. Pero dentro del tronco hueco, Luna y el abuelo tortuga estaban secos y a salvo. "Fuiste muy valiente esta noche, pequeña," dijo el abuelo tortuga con una sonrisa suave. "Enfrentaste tus miedos para ayudar a otros." El corazón de Luna se llenó de orgullo. Se dio cuenta de que ser valiente no significaba no tener miedo. Significaba hacer lo correcto, incluso cuando tenías miedo.
Cuando la tormenta pasó y el sol asomó entre las nubes, todos los animales del bosque se reunieron para agradecer a Luna. Desde ese día en adelante, el pequeño conejo blanco con las orejas más suaves se hizo conocido en todo el Bosque Susurrante como Luna la Valiente.





